Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy…

Recuerdo una noche, en la que no estaba segura de lo que estaba haciendo, ni hacia dónde iba, ni si estaba o no en lo correcto. Y justo ése día vi la película 2012 (Dios y sus curiosas maneras de hablar), una escena en particular fue clave en mi camino de discernimiento vocacional: Un monje budista luego de visitar uno de los pueblos, se dirige hacia su monasterio, preocupado se acerca a su maestro comentándole acerca de las noticias que circulan por las aldeas. El mundo se va a acabar. Sus palabras muestran la preocupación y sus ojos la angustia. El maestro lo mira con paciencia, toma una tetera y empieza a llenar una taza con té. El discípulo lo mira. El té está a punto de desbordarse, intenta detenerlo, pero su maestro con calma y serenidad, continúa vaciando el té. La bebida se desborda. El discípulo lo mira buscando una explicación,  y el maestro en paz le dice:

Al igual que ésta taza, estas lleno de muchas cosas, pero para poder escuchar la Verdad, debes vaciarte primero.

El mundo es excesivo y extremadamente ruidoso. El silencio es ORO PURO. Encuentra un ascensor, una tienda o un restaurante sin música ni ruido, y le aseguro que ese hecho será declarado como milagro hasta por el mismo Vaticano. Huímos del silencio y esto en verdad es reflejo de una crisis existencial, porque es también una manera en que bloqueamos la voz de Dios. La vocación es una llamada , y no podemos escucharla si no nos tranquilizamos ni nos disponemos a escuchar. Al parecer, todos estamos muy “ocupados” como para buscar un espacio de silencio. Un sacerdote que conozco lo llama el “pecado del ajetreo”: ese ciclo de trabajo que parece nunca acabar, intensificado por la tendencia de buscar “cosas por hacer”. Deja de lado esa agenda asfixiante cargada de actividades, y crea (no busques, porque no encontrarás, debes voluntaria, consciente e intencionalmente crear) ese espacio para un silencio a propósito, en donde puedas:

  • Escucharte a ti mismo: Averigua lo que está pasando en tu propia alma, mente y corazón.
  • Escuchar a Dios: Pásale el micrófono a Dios, dale la oportunidad de hablar. Él te creo, Él sabe lo que tu alma necesita.
  • Conversar con Dios: Y recuerda “La oración es un acto de amor; no se necesitan palabras” (Santa Teresa de Ávila)

No necesitas nada elaborado para hacer ésto, puedes aprovechar un simple momento en tu habitación, un paseo por el parque, o una parada en la capilla más cercana.

La oración no tiene por qué ser siempre un éxtasis místico o un maratón de toda la noche, pero debe ser un encuentro diario. Haz espacios para escuchar de forma activa la voz de Dios, y comenzarás a oír como Él te va guiando.

Y si aún en el silencio no sabes que decir, te comparto una oración que ocupa un lugar muy especial en mi corazón, me acompañó (y acompaña) en esos momentos en los que no sabía ni por dónde empezar, la escribió Thomas Merton, un monje católico trapense y escritor, en la cual nos recuerda que somos seres finitos y que de la humildad que tengamos para reconocer nuestra dependencia de Dios, depende nuestra apertura a sus designios.

Dios, Señor Mío, no tengo idea de adónde voy.

No veo el camino delante de mí.

No puedo saber con certeza dónde terminará.

Tampoco me conozco realmente,y el hecho de pensar que estoy siguiendo tu voluntad no significa que en realidad lo esté haciendo.

Pero creo que el deseo de agradarte, de hecho te agrada.

Y espero tener ese deseo en todo lo que haga.

Espero que nunca haga algo apartado de ese deseo.

Y sé que si hago esto me llevarás por el camino correcto, aunque yo no me de cuenta de ello.

Por lo tanto, confiaré en ti aunque parezca estar perdido a la sombra de la muerte.

No tendré temor porque estás siempre conmigo, y nunca dejarás que enfrente solo mis peligros.

Amén

AMDG

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