Lo mejor que puedes hacer por tu futuro cónyugue

Recuerdo haber leído, ya hace bastante tiempo, un libro de Jason Evert mientras investigaba para dar un seminario sobre Noviazgo. Creo que fue “Amor Puro”. Y una frase en particular me llamó la atención, cambiando por completo la perspectiva acerca de mi vocación:

Lo mejor que puedes hacer por tu futuro esposo, por tu futura esposa, es esforzarte por llegar a ser santo (a)

Dios llama a todos de un modo particular y nos continúa llamando con amor en cada etapa de nuestra vida. Algunos hombres y mujeres vivirán este llamado en una realidad especial como es el matrimonio, otros en la vida misionera, en el sacerdocio, en la vida religiosa, o inclusive en la soltería consagrada. Sin embargo, se nos olvida que, nuestra vocación universal, es la santidad.

Éste es nuestro principal llamado.

Al igual que muchos jóvenes de nuestra generación, me tomó un buen tiempo descubrir la misión para la cual había nacido. Y comprendo cuando un joven o una joven me dice que es difícil esperar la voluntad de Dios, sin saber a ciencia cierta ¿Qué quiere Dios de mi?, porque lo mismo me pregunté una vez. Y esa espera puede convertirse en una agonía si no nos abandonamos en los brazos de Dios con fe. La falta de confianza en el Señor, nos puede hacer caer en la trampa de manipular los detalles de una atracción, un gesto o un encuentro como supuestas “señales divinas”, cuando se cree estar llamado a la vocación matrimonial:

“Él busca a Dios, como yo, creo que puede ser el hombre para mí” 

“Yo sé que la amo. Lo que siento es verdadero”

“Le da like a todo lo que publico en Facebook”

“Nos conocimos en la Iglesia, puede que sea la mujer que Dios tiene para mí”

(No crean que me inventé éstas frases, damos acompañamiento a jóvenes, y expresiones así son nuestro diario vivir).

Cuando uno se encuentra desesperado(a), y no aprende a fiarse de la voluntad de Dios, es fácil racionalizar nuestros sentimientos por una persona y creer que estamos escuchando la voz del Padre (pero tal como lo vimos en el post anterior: “Señor, el hecho de pensar que estoy siguiendo tu voluntad no significa que en realidad lo esté haciendo”). Inclusive cuando uno se encuentra con un buen hombre o una buena mujer, que comparte la fe contigo y sirve a Dios, esto no significa automáticamente que sea tu futuro esposo(a), o que estés llamado al matrimonio. Es una tentación con la cual hay que luchar. Un mal manejo de las carencias afectivas se puede convertir en una herida que los marque a ambos por el resto de sus vidas (cuidado con estarle echando después la culpa al Señor por cosas que ÉL desde un principio no sugirió). Agradezco a Dios que tempranamente me di cuenta de que lo mejor que podría hacer por mi futuro esposo (ya fuera un hombre con el cual me consagraría como esposa, o con Cristo mismo a través de la vida religiosa) era empezar mi entrenamiento en la santidad lo antes posible.

Una experiencia en particular me ayudó a comprender aún más: A los 14 años ingresé en un colegio deportivo, y recuerdo que con poquísimo entrenamiento jactanciosamente me inscribí para una competencia de fondo: 10 000 metros a campo traviesa. Llegué sumamente confiada de mí misma, mire la zona montañosa por la cual correríamos, y dije “Es poquito, será pan comido”. La carrera inició, comencé a correr sin medir cuanta energía me tomaría, sin calcular mi paso, ni manejar una adecuada respiración, el camino se hizo pesado, las partes lodosas bajaban mi energía, los cambios de nivel me golpeaban fuertemente las rodillas y ni que hablar de los obstáculos. La vista se comenzó a nublar, el aire me empezó a faltar, un extraño hormigueo se apoderó de mis piernas y antes de llegar a la meta, me desmayé.

Que aprendí sobre la santidad con ésta vivencia: No se puede empezar a entrenar para una maratón una semana antes de la carrera (a no ser que lo que busques sea un seguro desvanecimiento), ni se puede asumir que tendrás una vida marital santa y feliz con tu futuro(a) esposo (a) si no te estás entrenando para vivir la santidad desde ahora.

“He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe.”

II Timoteo 4, 7

Todo el mundo se preocupa por encontrar la pareja ideal, pero pocos se esfuerzan por ser ellos mismos la pareja ideal.

Éste cambio de paradigma enriqueció grandemente mi vida de oración. Comprendí que no podría esperar a que una pareja llegara a darme el “felices para siempre”, si primero yo no procuraba construir con Cristo mi propio “felices eternamente”. La oración, la confesión, la Eucaristía y lectura de la Palabra frecuente me ayudaron a crecer en mi fe y amor por Dios, hasta darme cuenta que ninguna persona podía darme aquello que solo Cristo podía: paz, gozo, esperanza, amor.

Al comprometerme con Cristo, me comprometí también a estar lista para lo que Dios quisiera, inclusive si eso implicaba un futuro esposo, me comprometí a preparar mi corazón para asumir con valentía su voluntad y esperaría el tiempo de Dios, no el mío.

Y justo así, en su tiempo, en su kairós, se cumplió.

“Ama al Señor con ternura y Él cumplirá los deseos de tu corazón”

Salmo 37, 4

La santidad no es una opción. No te conformes. Sé santo. Sé santa.

“Señor Jesús: transfigúranos también a
nosotros en nuevas criaturas,
totalmente agradables al Padre Dios”.

Jueves 6 de Agosto del 2015, Fiesta de la Transfiguración del Señor

AMDG

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12 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Vivianette dice:

    Que palabras tan ciertas! Gracias.

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  2. maria del pilar dice:

    me encanto… es lo que realmente me sucede a mi.

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  3. Giuliana dice:

    Gran mensaje 🙂

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